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Sistemas
del arte
Por
José Pizarro
Para PLANOAZUL.com |
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La actualidad del arte internacional abunda en obras de
todo origen. La estructura tanto de exhibición como
de mercantilización, acusa una innumerable cantidad
de propuestas que se resisten a ser encasilladas o puestas
bajo una estricta organización basada en conceptos
tradicionales. A pesar de los cruces diversos (La fotografía–publicidad–intervención
urbana, o la pintura–el espacio–arte digital)
cada uno de los géneros artísticos tiende
a buscar su propia lógica, claro que esta realidad
delata la angustia constante de la crítica por entender
y dar a conocer al público a los artistas. La crítica,
los museos consideran que separando estas estructuras, que
podríamos llamar híbridas, podrán entender
con más claridad a los artistas. Y por ende podrán
promocionarlos mejor, encontrando consumidores o compradores
más rápidamente. Ó sea, poner al arte
dentro de sistemas estadísticos. Suena convincente.
Ahora bien, es difícil mantener esta soñada
pureza de las disciplinas, como es casi imposible establecer
fórmulas hegemónicas en el despliegue estético
o en el gusto. El orden actual internacional abunda en ejemplos
contrarios. Pensemos hoy a la televisión sin sistemas
digitales, sin softwares, sin computadoras. La era informática
y telemática han avanzado sobre las técnicas
tradicionales y han modificado todo a su paso. Entonces
es imposible pensar en disciplinas puras; ya la pintura
no se sostiene en un bastidor y tela, la fotografía
comienza antes y termina después del clic fotográfico
mismo, la escultura necesita de su disgregación material
para constituirse en el medio público (como espacio,
símbolo o monumento), la moda y la publicidad, el
cómics o el graffiti ya no son los hermanos menores
desechados por el arte. La moral del arte despreció
a la moda por su ceguera ideológica o a la publicidad
por su sistema unidireccional (dejando a un lado a la estética)
de representación. Si pensamos en el cómics
o en el graffiti como eventos o acciones adolescentes aisladas
marginales nos estaremos equivocando; cada una de estas
alternativas ha superado los rasgos de la estética
independiente o del paisaje urbano como único sitio
de revelación gráfico-política. Los
museos con alto prestigio en el mundo han abierto sus puertas
al graffiti callejero. Ni hablar del comics, el cine no
para de llevar viejas y nuevas historias a lo alto de la
pantalla. Sus dibujos han sido muy bien recibidos por el
apoyo de nuevas herramientas tecnológicas de animación.
Entendemos que el camino de la estructura del arte apunta
a disolver el gesto artístico primero, haciendo que
su verdadero cometido sea popularizar sus sistemas, corregir
sus métodos y redireccionar su estado germinal en
pos de sostener que todo arte debe ser digerido en consonancia
a su comercialización; con mérito o no en
la calidad de producción.
Los parámetros artísticos parecen estar dados
por la propia estructura del arte, más que por la
acción creadora de los artistas. En las sociedades
de los llamados países centrales los elementos que
condicionan el espectro de creación se fundan en
la competencia, esta condición que no hace otra cosa
que inducir al artista a un sistema de estandarización
del gusto y lo operativo (la modificación del tiempo
metodológico, la relación con lo material)
de su quehacer desaparece dando paso a lo coyuntural de
la estructura del arte. Pensemos que en países con
fuerte tradición cultural como Italia o España,
hoy Estados Unidos o Japón… donde sus estructuras
de la industria cultural están sobrecargadas de propuestas
regidas por diferentes modelos; y que los artistas jóvenes
se sienten favorecidos e igualmente invadidos por la historia
del arte presente sobre sus cabezas. En el horizonte cercano
todo se hace presente, dejando ser, anulando o compartiendo
espacios protagónicos. En Madrid, por ejemplo, el
pensamiento artístico se ve condicionado por la historia
y los eventos actuales; pensemos que a cinco calles -un
artista joven- podrá encontrar la pintura negra de
Goya o el Guernica de Picasso, a otras calles una exposición
de algún artista actual, una obra cinética
de Theo Jansen, o una puesta conceptual de Matthew Barney,
o la fotografía de Hiroshi Sugimoto… Por otro
lado la maquinaria cultural está preparada para reconducir
a estos eventos al espectáculo, a la mera distracción
de fin de semana o al pensamiento filosófico más
complejo. Todo ello con el mismo esfuerzo, un desarrollo
logístico que muchas veces contiene un cinismo cultural
cuyo horizonte es el turismo.
En los países periféricos, podríamos
incluir en esta categoría al nuestro, la realidad
es bastante diferente. Los artistas están condicionados
por lo propio de la realidad socio-cultural, estos condicionamientos
se instalan en lo humano y no en lo artístico, más
bien en lo sentimental y no en lo intelectual. ¡Que
contradicción! Los artistas encuentran en la libertad
un espacio de esclavitud capaz de censurar a lo propio de
lo artístico. Esto sucede por la deficiencia en la
estructura –por el hecho de que la competencia queda
desmantelada por lo precario de esa realidad-. Esto sucede
porque la estructura del arte condiciona su accionar por
los movimientos de la política, por el transcurrir
de los sucesos cívicos, por el desinterés
de lo cultural generado por la identificación con
lo masivo. En este sentido lo popular se encuentra a la
deriva de una construcción mezquina o de malas intenciones
de los entes capaces de jerarquizar lo que debe ser visto
como hecho cultural de importancia. Parece ser que lo artístico
es determinado de antemano, y ese modelo no sólo
que se impone como “cultura” o como “arte”
sino que los eventos artísticos buscan parecerse
al modelo para tener la aceptación de la mayoría.
Ó sea, que no es la estructura la que rige los parámetros
de la competencia (como podríamos pensar en Europa),
a cambio el modelo dirige y fiscaliza el accionar artístico
de actualidad: lo inmediato; permitiendo que el modelo puede
reformularse constantemente. Es así que nos encontramos
sin estructura del arte, sin tener la posibilidad de gozar
de la pluralidad cultural que podríamos esperar de
una sociedad actual.
Estamos bajo sospecha y nuestros accionar, como artistas,
público, u operador cultural corre el peligro de
ser mal interpretado. Posiblemente la virtud que nos pueda
alejar de esa sospecha sea la posibilidad de ser cada uno
su propio referente y no especular en exceso con lo que
el otro espera de nosotros (aún sabiendo las respuestas).
Claro que esta armonía sólo podrá lograrse
cuando cada lógica manifieste los secretos de su
acción. Será allí cuando el arte pueda
ser disfrutado, entendido y ambicionado por el arte y su
público, por la estructura y su rasgo elemental economicista.
Por
José Pizarro
Para PLANOAZUL.com
Agosto de 2009
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Imagen:
Detalle
Obra de Theo Jansen
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